¿Un Nobel para matemáticos?
Alexis Miguel García Zamora
No sé si la misma inquietud sea general, pero seguramente no existe un solo
matemático que no se haya preguntado alguna vez por qué no existe el
premio Nobel para matemáticas. En 1895 el industrial y químico sueco Alfred
Nobel (1833-1896), inventor de la dinamita, donó en herencia su fortuna para
crear premios anuales a las contribuciones más destacadas en los campos de
Física, Química, Fisiología, Literatura y Paz (Economía fue agregado en
1969). Estos premios comenzaron a entregarse con el surgimiento del siglo
XX, en 1901.
La lista de premios a entregar demuestra que los matemáticos le confieren
demasiada importancia a la cuestión. Tal vez los filósofos o los músicos no se
preguntan por la falta de “su premio Nobel”. Sería impensable que un premio
abarcara todas las ramas del saber y la acción humanas, pero no estamos
hablando de cualquier rama del saber, son precisamente las matemáticas.
Difícilmente se encontrará a un gremio de intelectuales que tenga un concepto
más alto de su profesión que los matemáticos. Una presunción, es cierto,
parcialmente basada en hechos objetivos pues no cabe duda que la sociedad
actual, dependiente del desarrollo científico y tecnológico le debe mucho a
esta ciencia.

Quizás en su afán por justificar lo que parece un olvido imperdonable se ha
creado una leyenda sobre Nobel y las matemáticas, una fábula estupenda,
donde el odio, el amor y el sexo tienen su lugar. Según esta historia Nobel
tenía una hermosa y joven amante que terminó abandonándolo para dar
rienda libre a su amor por un notable matemático de la época. A la hora de
redactar su testamento Nobel cayó en la cuenta de que su rival sería un muy
probable ganador de un premio internacional en matemáticas. Si la historia es
cierta ya sabemos por qué no existe tal premio, y debo agregar que por mi
parte entiendo perfectamente los motivos de la supuesta decisión.
Pero tal vez debamos aceptar una explicación más simple. Nobel habrá
elegido las áreas de la actividad humana que le parecieran más importantes,
es decir más cercanas a su propia experiencia. En su calidad de industrial es
muy probable que la física y la química, con sus innumerables aplicaciones
prácticas le hayan parecido más importantes que las abstractas matemáticas.
Repito, alguna elección debía hacer y quizá esta se guío más por sus
afinidades intelectuales que por el odio o los celos.
Lo cierto es que en pleno siglo XX las matemáticas habían perdido algo al no
tener su Nobel. Siempre me ha parecido un poco tortuoso que a los científicos
se les premie por su labor. Idealmente el premio para todo científico es
precisamente la oportunidad de realizar su trabajo en condiciones dignas. A
quien le tocó en suerte una vocación científica sabe que sólo a través de la pasión por su disciplina y de la oportunidad para desarrollarla puede recibir
un premio auténtico. Pero un premio internacionalmente reconocido tiene una
utilidad indudable para la ciencia en su conjunto. En primer lugar brinda una
especie de guía sobre qué problemas merecen ser estudiados y qué trabajos
merecen ser leídos. Tiene también la ventaja de hacerse notar ante el público
general y de nombrar a sus campeones ante el conjunto de la sociedad. Para el
hombre medianamente culto de la primera mitad del siglo XX, ¿cómo saber
quiénes eran los émulos en matemáticas de Einstein, Bohr, los Curie?
Un premio de resonancia mundial para los matemáticos era una necesidad
insoslayable. El premio finalmente tomó forma, pero bajo unas reglas
totalmente “sui generis”, su creación se debió en gran parte al entusiasmo y la
labor del matemático canadiense John Charles Fields (1863-1932). Cuando,
en 1936 en Oslo, los primeros premios se entregaron fueron llamados
medallas Fields. En efecto, al ganador se le entrega una medalla con su
nombre y la fecha de entrega, y aunque no aparece en ella el nombre de Fields
la denominación ha quedado sólidamente establecida. La primera
particularidad de este premio es que las medallas se entregan cada 4 años,
coincidiendo con la ceremonia de apertura del Congreso Mundial de
Matemáticos, el número de premiados en cada edición ha variado entre 2 y 4.
La segunda peculiaridad es que, para cumplir con su intención de promover el
desarrollo futuro de la ciencia, los ganadores del premio deben tener 40 años
o menos al momento dela entrega. Esto, naturalmente, hace que la medalla no premie el trabajo de
toda una vida. Para recibir el premio un matemático debe haber resuelto un
problema que sus colegas consideren sumamente difícil e importante, además
es requisito que para su resolución haya creado técnicas nuevas y deseable
que haya descubierto nuevas conexiones entre distintas ramas de las
matemáticas.
Con el sólo receso de 1936-1950, provocado por la Segunda Guerra Mundial,
las medallas Fields han sido entregadas puntualmente cada 4 años. Desde el
punto de vista estrictamente científico su éxito es incuestionable. El comité
encargado de seleccionar los ganadores está formado por matemáticos de
renombre, muchas veces ganadores anteriores de la medalla y la entrega del
premio tiene el carácter simbólico de un relevo generacional. Los premiados
se han constituido generalmente en auténticos líderes de la comunidad
matemática y, a diferencia del Nobel en algunas áreas (piénsese en la
literatura), es posible reconstruir a grandes rasgos la historia de las
matemáticas a partir de la segunda mitad del siglo XX siguiendo la
trayectoria de los medallistas Fields y sus colaboradores.
Su éxito de cara a la sociedad es mucho más cuestionable, el público medio
desconoce su existencia. Tal vez se deba a las particulares condiciones de la
entrega, tal vez falte un poco de glamour. El monto en dinero del premio es
muy inferior al de los Nobel, un medallista Fields no puede vivir sólo de su
fama y su premio.

De cualquier manera la oportunidad para la creación de un premio en
matemáticas comparable al Nobel llegó. En junio de 2002 Oslo exhibía,
además de su sobria elegancia y sus días casi perennes, un particular ambiente
festivo. Se celebraba el bicentenario de Niels Abel, un brillante matemático
Noruego. Casi autodidacta y portador de un destino romántico, Abel
contribuyó de manera decisiva a sentar las bases de las matemáticas del siglo
XIX. Murió a los 26 años, víctima de la tuberculosis y en espera de un
reconocimiento que ya no llegó a alcanzarlo en vida.
Entre los festejos de esta efeméride se realizó un congreso de matemáticas.
En la ceremonia de apertura el gobierno Noruego hizo oficial la creación del
Premio Abel que anualmente premiaría la obra de un destacado matemático
vivo. La ceremonia la presidió el rey Harald. A la distancia parecía un
hombre abrumado por la dignidad que le tocaba representar, su discurso, en
cambio, fue elocuente y vivaz. En un momento dijo: “Una nación joven
necesita de nuevos héroes. En 1802 Noruega era una nación joven, Abel fue
uno de estos héroes”. En efecto, Niels Abel, Henrik Ibsen y Eduard Munch
parecen ser los héroes más populares de Noruega. Perdido entre la audiencia
de matemáticos que escuchaba al rey Harald yo pensaba qué distinta sería la
realidad de nuestros países latinoamericanos si los héroes, en lugar de
generales y presidentes de dudosos méritos, fueran matemáticos, escritores o
pintores. Pero pensar así es tal vez invertir los términos.
Hasta el momento se ha entregado dos veces el premio (en abril de este año
será la tercera entrega). En 2003 fue galardonado el matemático francés J. P.
Serre, quién había ganado la medalla Fields en 1954. La contribución de
Serre a la formación de las matemáticas modernas es inestimable, sus trabajos cubren áreas fundamentales de la investigación actual en matemáticas, como
geometría algebraica, topología y aritmética. En 2004 fueron premiados el
británico M. Atiyah y el estadounidense I. Singer, quienes demostraron en la
década de los 60 un célebre teorema que vinculaba de manera brillante
geometría, análisis y topología. Atiyah había recibido en 1966 la medalla
Fields por este trabajo. Los matemáticos que han sido premiados hasta el
momento gozan del respeto y la admiración universal de sus colegas. De
mantenerse esta tendencia la combinación de las medallas Fields y el premio
Abel dotarán a las ciencias matemáticas de un sólido y prestigioso sistema de
premios que permitirá a la comunidad de investigadores mostrar el
reconocimiento a sus más distinguidos miembros